Cuando me levanté de la silla estaba como perdida. Tenía el alcohol todavía corriéndome por las venas. Era ese momento en el que la niebla se evapora de tu mirada y te queda toda la suciedad de la noche, todo el mareo.
Algunos estaban en la cama, otros estaban en el sofá. Él había desaparecido. Jodido, estaba muy jodido. Se notaba el dolor vibrar por las habitaciones, rebotar contra las paredes, y a mí se me estrellaba contra el pecho y solo quería buscarle.
Me levanté y me arrastré hasta el baño con los pies destrozados por unos zapatos de tacón que no estoy acostumbrada a llevar. Iba tambaleándome, chocando con las paredes. No, allí no estaba. Me acerqué a la cocina y apenas lo recuerdo, pero tengo la sensación de que vi la sombra de un hombre.
Me acerqué a él porque quería abrazarle, porque quería decirle “eh, estoy aquí”.
Me besó con rabia, colocó sus manos en mi cintura y me giró con decisión hasta ponerme de cara a la pared, haciéndome perder el equilibrio y obligándome a apoyar las manos sobre la encimera para no caerme.
Quise mirar atrás para entender qué le pasaba, pero solo pude ver sus ojos, sus maravillosos ojos brillando como si pudiese arder el mar. Una mirada para comprobar que no había nadie; se agachó, separó mis nalgas con las manos y arrastró su lengua de abajo a arriba haciéndome gemir con la boca abierta y los ojos entornados.
Tal vez fueron solo dos segundos, pero si la felicidad existe, tiene que ser la mitad de potente de lo que yo sentí en ese momento.
Se levantó, me giré, me miró a los ojos y me dijo: “Vámonos de aquí”.
Y como para no seguirle.
A cualquier parte.
H.